Programa «T4 Aktion», otro exterminio cometido por médicos nazis

La mal llamada «eutanasia» nazi fue realmente un homicidio sistemático y médicamente supervisado. Las élites alemanas estaban a favor de llevar a cabo un programa activo de eutanasia, sin embargo, el pueblo llano se mostraba muy reticente debido a que consideraba que la vida humana era una creación divina y, en consecuencia, tan sólo Dios podía disponer de ella. Este escenario no era ajeno a Hitler, que se mostraba reticente a tomar una decisión que fuese impopular y que pudiera debilitar la adhesión de las masas a su política expansionista. El inicio de la contienda fue determinante para que el Führer cambiase de idea.

El decreto de la eutanasia

Era preciso que Alemania desarrollase una economía de guerra, en la que se liberasen camas hospitalarias, se dispusiese de personal sanitario para atender a los eventuales heridos y se evitasen «derroches sociales innecesarios». Bajo estas premisas Hitler autorizó a acabar con todas las «personas no productivas». De esta forma comenzó el macabro programa T4 Aktion, nombre que hace alusión a un edificio situado en el número 4 de la calle Tiergarten, en Berlín, la sede desde donde se dirigía el programa.

Pocos días después de iniciada la Segunda Guerra Mundial Hitler firmó un documento conocido como el «decreto de la eutanasia» en el que autorizaba la muerte de los enfermos incurables. En el escrito delegaba en el director de la Cancillería, Philip Bouhler, y en el doctor Karl Brandt para que «bajo su responsabilidad autoricen a determinados médicos a garantizar, según criterios humanitarios y después de valorar el estado de su enfermedad, una muerte de gracia a todos aquellos enfermos incurables».

Un sistema perfectamente engranado

El primer paso de este programa fue la creación de un protocolo de recogida de datos que fue enviado a todas las instituciones psiquiátricas del país, a través de él se instaba a los médicos a rellenarlo de forma rigurosa (edad, diagnóstico, tiempo de duración de la enfermedad, pronóstico…) y devolverlo al Ministerio del Interior. A continuación, con todos esos datos y sin ningún tipo de valoración clínica adicional, un tribunal formado por tres psiquiatras dictaminaba si los pacientes debían vivir o morir.

En una primera fase se acabó con la vida de unos 5.000 niños menores de tres años, con la aprobación familiar se les enviaba a centros «especializados» para que recibieran un supuesto tratamiento. En estos recintos, dirigidos por médicos afines a la ideología nazi, se les sometía a unas condiciones deficientes tanto en alimentación como en higiene, se les inducía un estado de coma y se les provocaba una parada respiratoria, mediante la administración de barbitúricos.

Posteriormente, se pasó a matar a delincuentes juveniles e inadaptados con problemas sociales y, por último, a adultos con taras psíquicas y minusvalías físicas que les impidieran trabajar. En estos grupos se incluyeron pacientes esquizofrénicos, dementes, personas con corea, ceguera, enfermedad de Parkinson, alcohólicos, sifilíticos e inadaptados sociales.

Muertes por «compasión»

Los pacientes seleccionados eran trasladados a los centros con cámaras de gas por miembros de la SS vestidos con batas blancas en viejos autobuses de correos con los cristales tintados. Los familiares eran informados de que la orden de traslado era forzosa para poder llevar a cabo un mejor cuidado y tratamiento, estando terminantemente prohibidas las visitas.

Los médicos que les recibían se encargaban de administrar el gas letal y certificar la muerte. La documentación era compilada en «registros civiles» dispuestos junto a los edificios en los que se llevaba la «eutanasia» y desde donde salían las «cartas de condolencia». Las familias eran informadas que el fallecimiento se había producido por infecciones, patología cerebrovascular o causas naturales. Además se les comunicaba que los cadáveres habían sido cremados, aduciendo «necesidades de salud públicas propias del tiempo de guerra» o bien para evitar la transmisión de enfermedades infecciosas. De esta forma era imposible recurrir a una autopsia que aclarase la verdadera causa del fallecimiento.

A este tipo de muertes se les denominó en la jerga nazi «muertes por compasión». Se estima que entre 1939 y 1945 se exterminaron unas 200.000 personas. Los enfermos murieron en las cámaras de gas de Grafeneck, Brandenburg, Sonnenestein, Bermburg, Hartheim y Hadamar.

Eutanasia salvaje

Los errores que se cometieron en algunos certificados médicos, la existencia de enormes chimeneas construidas en manicomios y el fuerte olor a carne quemada hizo presuponer a los habitantes de las poblaciones aledañas de que algo extraño estaba sucediendo.

En 1941 Monseñor August Von Galen, obispo de Münster, acusó en una carta pastoral al gobierno del asesinato de seres indefensos. Hitler se vio obligado a desmantelar temporalmente los hornos crematorios y llevarlos a los campos donde se iniciaba el exterminio del pueblo judío. La interrupción fue pasajera y tras reanudarse se prolongaría hasta 1945.

En un primer momento -hasta 1941- se empleó gas para el exterminio, posteriormente se recurrió a la llamada «eutanasia salvaje» en la que se utilizaron barbitúricos, morfina, escopolamina e inyecciones de aire. A pesar de todo, el método más habitual de esta fase era la privación de alimentos. Se calcula que unas 110.000 personas fueron asesinadas en la fase «eutanasia salvaje».

Fuente: ABC.es

Redaccion La Senal
Centro de Redacción de “La Señal Media”
———————

Comenta esta nota...

Redaccion La Senal

Redaccion La Senal

Centro de Redacción de "La Señal Media" ---------------------

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *