Opinión | Flaco ¡Vengo del cielo! (breve reflexión sobre el ombligo)

Miramos el mundo tratando de comprender si es que lo que nos hacen es lo que nos hacemos nosotros mismos o, lo que sucede, es parte de un teatro medio macabro orquestado por dioses indignados por esa insolencia de la que nos autoculpamos. O nos miramos el ombligo… o será que por ahí vienen las balas.

La culpa es y ha sido un gran contenedor de masas. Culpa si fracasas en un examen, si faltas al trabajo, si no eres “compatible” con las reglas sociales de moda, si te olvidaste de ir a misa o si le hablaste mal al panadero, porque claro, TENEMOS QUE DAR LA OTRA MEJILLA.

No.

Y claro, por el otro lado tenemos las santidades de nuestros muertos, porque todos los que se fueron de pronto (a no ser por casos muy específicos) de pronto se convierten en los buenos. Supongo que es una manera medio macabra de lidiar con eso de que si la persona —en vida— fue un dolor de estómago… pero bueno, si pensáramos mal de los muertos sería meternos de nuevo con la culpa ¿verdad?

Y sin embargo miramos a figuras como John Lennon o Mahatma Ghandi casi como héroes caídos en plena batalla contra los poderes que nos oprimen con la culpa, la economía, las guerras, la comida chatarra (y hacernos creer que es buena) y una enorme lista de buenas razones para quedarnos quietos en cuerpo, mente y alma.

Pero claro, nadie se pone a pensar o hablar del carácter difícil de Lennon o de que don Mahatma también iba al baño varias veces por día. En cambio, los vemos ya no como modelos a seguir sino como verdaderos patrones del fanatismo, de la extrema “iluminación”, pensando que sabían algo que nosotros, por ñatos, desconocemos.

Y si, supongo que sabían que para que algo suceda es necesario una causa. Pero más allá de la imagen pública puedo imaginarme a una Madre Teresa de Calcuta yendo a buscar arvejas y refunfuñando con los precios. O al mismísimo Jesús de Nazaret discutiendo con un taxista que lo “llevó a dar una vuelta” por tener cara de extranjero.

—¡Flaco, vengo del cielo! ¿Pensás que no me di cuenta?

Como sea, esto es muy sencillo. Ni vos ni yo somos Cristo, Lennon o Ghandi, y aun así vivimos buscando los defectos del otro para culparlo de lo que se pueda en cuanto sea necesario. En mi caso personal disto muchísimo de ser perfecto, no quiero ser un santo y tampoco que me alaben por absolutamente nada y creo que eso aplica a la gran mayoría de nosotros. Así que con palabras bien sencillas como para que no queden segundas lecturas:

DEJEMOS DE CULPAR AL OTRO Y COMENCEMOS A VER QUE PODEMOS HACER POR MEJORARNOS.

Eso incluye un compromiso, incluye la verdadera iluminación que es la del conocimiento (tanto más el propio), la eliminación de la culpa a través de hacernos conscientes de los molinos de viento y de las artimañas de la mente… y un paquete de beneficios que ni en el mejor “club” vas a encontrar.

Sí, claro, también me pongo manos a la obra. Al fin y al cabo, es el trabajo de una vida.

Fernando Silva Hildebrandt
Director del ciclo La Señal (ciencia y misterios) y Ciencia y Misterios (la revista digital).
Redacción.
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Fernando Silva Hildebrandt

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