Mitología: Los primeros jefes de los hombres

Los dioses surgieron de la necesidad de los primeros hombres de dar explicación a fenómenos para ellos inescrutables -los astros, los rayos, los movimientos sísmicos, el paso de las estaciones-, y como una manera de conseguir aliados poderosos para hacer más llevaderas las vicisitudes de la vida –atraer la caza o fomentar la fertilidad de las mujeres-. Con el tiempo, todas las culturas desarrollaron un panteón de divinidades que regían los distintos aspectos del mundo, claro que no de la misma manera y con la misma filosofía. La religión egipcia era pacífica, pero rebosaba de ritos y de cosas a las que había que temer; tenía un cielo, un infierno y espíritus errantes. Los dioses hindúes fueron los de mayor numero en la cosmogonía, y a los que aún se les sigue rindiendo culto como hace miles de años. Las creencias escandinavas eran más violentas; para los vikingos, el paraíso (merecedor solo para los caídos en batalla) consistía en una guerra eterna que empezaba y terminaba todos los días. Al caer la noche, los heridos se curaban y los muertos revivían. En los mitos griegos –historias dignas de culebrones televisivos-, el Más Allá era subterráneo, y las zonas de premios y castigos eran vecinas. Los incas creían también en un más allá subterráneo pero así mismo en otro celestial, y no pensaban en un infierno como lugar de castigo, sino como sitio de estadía.

Generalmente estos dioses no predicaban intrínsecamente la bondad como Jehova, no constituían el Bien por excelencia, sino que eran más ambivalentes, seres caprichosos que no siempre tenían el mismo humor, y coexistían con familiares malvados (las “ovejas negras” de la cosmogonía, el dios egipcio Seth que descuartizó a su hermano y arrojó al río Nilo sus pedazos dentro de un ataúd, el nórdico Loki, causante de travesuras de distinto grado, por ejemplo dejar sin pelo a la esposa de Odin, o liderar las fuerzas del mal en el Ragnarok, -por citar dos ejemplos- ) que, por el contrario, llegado el momento llevaban a cabo buenas acciones, al contrario de Satanás, el jefe del infierno cristiano, pura maldad. El dios hindú Shiva era destructor y creador a la vez. De esta forma, podría decirse que existía el Mal, conformado por oscuros demonios y dioses apartados de los otros, y el No Tan Mal, integrado por entidades que manejaban a los hombres como marionetas. Odín, el jefe de los dioses vikingos, sabía ser magnánimo, pero no vacilaba en matar a los justos si eso convenía a sus intereses. La guerra de Troya se originó por una discusión entre las diosas griegas Hera, Atenea y Afrodita por ver quién era la más bella, y a su vez, esa discusión fue provocada por la diosa Eris como castigo por no haberla invitado a una fiesta. Los pequeños desaires divinos sabían tener consecuencias no deseadas para los humanos.

Se dice que muchos de los acontecimientos de las mitologías son en realidad crónicas deformadas de reyes y acontecimientos reales, pues en muchos de ellos, los dioses duermen, sueñan, hacen el amor y mueren como  el común de la gente. También se cree eso porque muchas historias tienen paralelismos sorprendentes, como la historia del Arca de Noe, repetida en varios relatos con exactamente la misma estructura; los hombres se portan mal, los dioses se enojan y deciden borrarlos del mapa, pero el protagonista (ya por aviso divino o por deducción propia) se salva a sí mismo y a su familia por subirse a algo que le permite flotar en medio de la inundación que destruye el mundo. En el siglo XIX, el investigador Ignatious Donnelly hacía la analogía (ya hablando de las historias sobre la Atlantida) de que si Gran Bretaña (en esa época en la cumbre de su poderío) desaparecía en un cataclismo, su historia y sus hombres quedarían como leyendas de dioses y demonios para los historiadores del futuro. Esta teoría también podría abarcar inexplicables restos de tecnología que han llegado a nuestros días, y presunciones sobre el carácter más que real y más que terrestre de varios “dioses”.

Como haya sido, no hay que olvidarse de que los antiguos hombres no fueron todos una multitud de crédulos adoradores. Hubo personas que se aprovecharon de eso, y de ahí salieron los reyes que eran a su vez dioses, allanando de esa forma el camino para hacer su voluntad sin nadie que se lo discutiera. Acostumbraban actuar con pompa y crueldad para que nadie se atreviera a cuestionar su pretendida condición divina. Sus subordinados debían dar gracias; no tenían que rezar para que su dios los escuchara, lo tenían ahí al alcance de la vista, y en pago por tenerlo tan cerca, su obediencia debía ser mayor. Los reyes incas eran dioses; los faraones eran dioses; los emperadores romanos eran elevados a esa categoría después de la muerte. De más está decir que los allegados a esas autoridades conocían la verdad; el común de la gente lo aceptaba por no conocer la trastienda de sus deidades, por tener necesidad de seguir a alguien que le garantizara la vida después de la muerte, o quizás en algunos casos porque le convenía. Ambrose Bierce, en “El diccionario del diablo”, decía: “Baco: cómoda deidad inventada por los antiguos como excusa para emborracharse”.

Mario Martin
Escritor, ensayista.
Trenque Lauquen, Argentina.

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Mario Martin

Mario Martin

Escritor, ensayista. Trenque Lauquen, Argentina.

2 comentarios sobre “Mitología: Los primeros jefes de los hombres

  • diego
    el Enero 14, 2016 a las 9:41 pm
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    Increíble articulo Fortunato..Un gran viaje por la mitologia y sus secretos !:)

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    • Mario Martin
      el Mayo 21, 2016 a las 3:02 am
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      Gracias, dieguito, reciéeen ahora lo he visto, jajajaa.

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