Mitología | La Guerra de Troya

La guerra de Troya es una de las epopeyas más famosas de la literatura, narrada de manera oral por el antiguo y clásico poeta griego Homero en su obra “La Iliada”. Cuenta el sitio de diez años al que se vio sometida la ciudad de Troya (también llamada Ilion) por parte de los griegos para rescatar a la princesa Helena, raptada por el príncipe París. En estos últimos tiempos se ha teorizado con que en realidad Homero no existió y que en realidad sus obras fueron compuestas por varias personas a lo largo de los años. Incluso se creyó hasta el siglo 19 que Troya nunca había existido, hasta que excavaciones arqueológicas demostraron que sí, que hubo una ciudad en el lugar de los hechos, más bien siete capas de ciudades construidas en el mismo lugar. Sin embargo, en tiempos antiguos se creía en la existencia del poeta, en la de la ciudad, y que los hechos que se relataban habían sido reales.

Homero

La cosa comenzó así; se celebraron en el Olimpo las bodas del héroe Peleo con la diosa marina Tetis, y todos los dioses fueron invitados, excepto Eris, la diosa de la discordia (por algo sería). Ella como que no se lo tomó demasiado bien, e igual se hizo presente en la fiesta, dejando sobre la mesa principal una manzana de oro (otra manzana más en los mitos y simbolismos del mundo), proclamando que era para la diosa más linda. Inmediatamente las que se dieron por aludidas fueron Hera, la esposa de Zeus, Palas Atenea, diosa de la guerra, la civilización, la estrategia y las artes (menuda mezcla) y Afrodita, diosa del amor. Para que no hubiera disputa grave entre ellas, Zeus les recomendó que lo sometieran a juicio de un mortal, entonces las diosas acudieron a Paris, un jovencito hijo de Príamo, rey de Troya. Las deidades lo tentaron con distintos premios, y elección de Paris fue la de Afrodita, que le había prometido el amor de la mujer más bella del mundo.

Los años pasaron. La diosa Tetis tuvo un hijo al cual le puso de nombre Aquiles, y ella lo bañó en el agua de la laguna Estigia para hacerlo inmortal e invulnerable a todo daño, pero se olvidó de mojarle el talón, porque lo sostenía de ahí (¿acaso no se quería mojar la mano unos segundos?). Por los lados de Troya, Paris fue hizo grande, y en cierto momento fue enviado a Esparta a hacer acuerdos diplomáticos, pero las cosas no salieron como era debido, pues se enamoró de la bellísima reina Helena, casada con el rey Menelao, y con la ayuda de Afrodita, que recordaba el premio que le había prometido, se la llevó hacia Troya. Una vez descubierto esto, como era de esperar el rey Menelao se indignó por esa afrenta a su hospitalidad, y llamó a todos los soldados y personas similares para ir a la guerra contra Troya. De más está decir que algunos se hicieron los distraídos (por ejemplo, Ulises se fingió demente y sembró sus campos con sal) pero no les quedó más remedio que alistarse. El semidios Aquiles también partió a la guerra con su amigo Patroclo, ante la tristeza de la diosa Tetis, porque una profecía le había anunciado que su hijo moriría en Troya, pero a la vez no podía oponerse, porque el adivino Calcas había predicho que si Aquiles iba a la guerra, iban a ganarla.

Según la Iliada, el asedio a la ciudad duró nueve años, en medio de los cuales, se cocieron algunas habas. En los constantes saqueos a ciudades cercanas que cometían, los griegos capturaron a Criseida, la hija de Crises, un sacerdote troyano de Apolo, que fue maltratado al querer negociar por su hija. Ante esto, el dios se enfureció y largó una plaga sobre los griegos. Calcas, que también había ido a la guerra, para variar, dijo que Apolo sería apaciguado si Criseida regresaba con su padre. Medio enojado, porque ya la había tomado como esclava, Agamenón, hermano de Menelao y comandante del ejército griego, aceptó dejarla ir, pero a cambio se quedó con la concubina de Aquiles, quien se enojó más todavía y se negó a seguir participando en la guerra. Sin su liderazgo (y entorpecidos por la diosa Tetis, a instancias de su hijo) los griegos empezaron a perder posiciones, hasta que Patroclo decidió actuar, se puso la armadura de Aquiles, y los griegos, pensando que era su amigo, lucharon con renovados bríos contra los troyanos, expulsándolos. Sin embargo, Hector, el hermano valiente de Paris, mató al amigo de Aquiles y se quedó con la armadura. Loco de dolor, Aquiles lo retó a duelo, lo mató con la ayuda de Atenea, y secuestró su cadáver para que no le pudieran dar funerales decentes. Sin embargo, el rey Priamo fue al campamento griego oculto con la ayuda del dios Hermes, y consiguió que no solo le devolviera el cuerpo de Hector, sino que Troya no fuera atacada durante sus funerales. Hablando de Hector y parientes, su hermano París, como para decir que hizo algo (porque se portó de manera media cobarde durante toda la contienda, siendo él quien la había propiciado) mató a Aquiles de un flechazo en la única parte vulnerable que tenía, creando el famoso dicho sobre el talón de Aquiles, cumpliendo la profecía que temía la diosa Tetis. No le duró demasiado el orgullo porque también fue matado con flechas por Filoctetes, un amigo de Hércules, ya fallecido para esa fecha.

Al final de los nueve años, Ulises (también conocido como Odiseo) ideó una estratagema para entrar a la ciudad. En apariencia, los griegos se dieron por vencidos, se subieron a los mil barcos de la flota (quizás algunos menos, luego de nueve años) y abandonaron esas tierras, dejando solo un enorme caballo de madera. Los troyanos salieron con cuidado a investigar, y se encontraron por ahí cerca a un griego que había quedado, llamado Sinon, quien les dijo que sus compañeros habían regresado a su patria para evitar seguir perdiendo vidas, y que el caballo era una ofrenda de los griegos a la diosa Palas Atenea. Siguió manteniendo la misma historia aunque le cortaron la nariz y las orejas. Los griegos, convencidos al fin de que nadie podía mentir bajo esas circunstancias, metieron al caballo a la ciudad para quedárselo como trofeo. La pitonisa Casandra dijo que en el interior del caballo había soldados griegos, pero ella tenía la maldición de que nadie le creyera sus pronósticos. Esa misma noche hubo una buena fiesta en Troya con motivo del fin de la guerra, y la inmensa mayoría de los pobladores se quedó dormida, exhausta y borracha. No va que Casandra tenía razón; a medianoche el caballo se abrió, y de ahí salió un grupo de soldados griegos al mando de Ulises; asesinaron a los guardias, y abrieron las puertas de la ciudad. El ejército griego entró en Troya, la saqueó sin piedad, la destruyó, y pasó a cuchillo a todos los que pudo, incluidos rey Príamo y familia. El ya anciano rey quiso tomar las armas para defender a su ciudad, pero su esposa Hécuba lo llevó al altar de Zeus al fondo del palacio, para que este lo protegiera. No hubo caso; fue descubierto y asesinado por Neoptólemo, hijo de Aquiles, llegado de tierras griegas para vengar la muerte de su padre. Una vez devastada la ciudad y sin nada más que hacer, Menelao pudo regresar al fin a Grecia con su esposa Helena.

Gran historia la de Troya. Más allá de que sea basado en la realidad o solo leyenda, pueden sacarse algunas conclusiones. Primero, siempre hay que invitar a la persona más agria a toda fiesta, para que no haga escándalo. Segundo,  siempre hay que lavarse hasta los talones. Tercero, los virus de computadora que vienen escondidos en los archivos, no deberían ser llamados “troyanos” si los que estaban adentro del caballo eran los griegos.

Mario Martin
Escritor, ensayista.
Trenque Lauquen, Argentina.

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Escritor, ensayista. Trenque Lauquen, Argentina.

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