Mitología | Los viajes de Ulises, o cuando no existía el GPS

La Odisea es una epopeya épica narrada por el poeta Homero, y es la continuación directa de la Iliada, contando lo que sucedió al final de la guerra de Troya con el héroe Odiseo, más conocido como Ulises. Digresión informativa un tanto innecesaria; el relato se llama “La ODISEA” porque justamente trata del trayecto hasta su casa que tuvo que hacer ODISEO, de esta manera quedó la palabra “odisea” para definir los viajes largos y tortuosos.

Cómo sea; luego de la caída de Troya y de hacer quien sabe qué con el famoso caballo de madera, los vencedores se dispersaron y enfilaron cada cual hacia su hogar, y Ulises, luego de casi diez años lejos de casa, no fue la excepción, así que con algunos barcos y varios compañeros, emprendió el viaje de regreso. Sin embargo, como para distraerse, no tardaron en atacar la ciudad de Ismaro, habitada por los cicones. La victoria les era favorable, pero se confiaron y llegaron refuerzos que los diezmaron, haciéndolos huir. Luego tuvieron que sufrir nueve días de un intenso temporal, tras lo cual arribaron a la Isla de los lotófagos, (posiblemente la actual isla de Djerba, situada al norte de África), que se alimentaban de los frutos del árbol loto. Como era de esperar, los nativos agasajaron a los compañeros de Ulises con dichas viandas, pero con resultado pésimo, pues quienes los comieron abandonaron el deseo de regresar a su patria. En vista de esto, Ulises los hizo subir a la fuerza a las embarcaciones e irse lo más rápido posible de ahí. Para qué. Arribaron a la  isla de los ciclopes, humanos gigantes con un solo ojo, y fueron capturados por Polifemo, hijo del dios marino Poseidón y de la ninfa Toosa. Este gigante los encerró en su cueva y se los fue comiendo de a poco, hasta que a Ulises se le ocurrió una idea para escapar. Mientras le daba charla, lo embriagó con un vino muuuy fuerte que tenía. Antes de caer redondo, Polifemo le preguntó cómo se llamaba, y Ulises le respondió “Outis”, que significa “nadie”. El monstruo se quedó dormido, entonces, rápidamente el héroe y sus hombres afilaron un palo y se lo clavaron en el ojo. Polifemo se despertó y llamó a gritos a los otros gigantes, que le preguntaron desde afuera de la caverna que le ocurría, que quien lo atacaba, y el bueno de Polifemo, les dijo que… Nadie, lo cual provocó que los otros ciclopes se marcharan diciendo que los dejase de molestar. Ulises y sus amigos consiguieron escapar de ahí escondidos bajo las ovejas que Polifemo sacaba a pastar.

Reanudaron viaje, y llegaron a la Isla de Eolo, patrono de los vientos, que les regaló una bolsa de piel llena de los mismos para que los usen para llegar más rápido a Itaca, patria de Ulises, pero sus compañeros, curioseando, abrieron la bolsa cuando su jefe estaba dormido, y se desencadenó un vendaval que, aparte de alejarlos de destino, los arrimó a la isla de los lestrigones, gigantes aún más grandes que los ciclopes, que devoraron a muchísimos de los viajeros y destruyeron todas las embarcaciones menos  una, que fue en la que Ulises y sus amigos sobrevivientes llegaron a Eea, hogar de la hechicera Circe, que al principio convirtió a muchos de la tripulación en cerdos pero luego los regresó a la normalidad (menuda tarjeta de presentación). Circe se enamoró de Ulises y consiguió que se quedase con ella un año, pero al entender que él y sus amigos querían irse, les dijo que debían consultar al adivino Tiresias, quien ya estaba muerto, y que más adelante, al pasar por donde había sirenas, debían taparse los oídos con cera para no ser embrujados por sus voces. Le dieron las gracias por los consejos, salieron rapidísimo de su isla, no fuera cosa que los quisiera convertir en  cerdos nuevamente, y fueron a una de las entradas al Inframundo, donde su jefe sacrificó varias ovejas, atrayendo a los muertos, que fueron a beber su sangre (¿vampiros?). Primero apareció el adivino Tiresias, quien le profetizó  un difícil regreso, luego algunos de los caídos en la guerra de Troya, y a lo último, su madre Anticlea, fallecida mientras él estaba en la susodicha guerra, quien le dio más o menos un panorama de como andaban las cosas.

Scylla

Al pasar por la isla (otra isla más, lindo archipiélago) donde vivían las sirenas, Ulises recordó el consejo de Circe y tapó con cera los oídos de sus compañeros, menos los suyos, y se hizo atar al palo mayor para poder escucharlas pero sin querer abalanzárseles. Todo salió a pedir de boca, nadie enloqueció, y las sirenas no pudieron comerse a nadie, pero el asunto cambió un poquito cuando se acercaron a un estrecho donde residían dos monstruos llamados Escila y Caribdis, cada uno en una pared del estrecho, pero estaban tan cerca, que los que se alejaban de un bicho se acercaban a otro. Ulises eligió el mal menor y pasó cerca de Escila, que le arrebató algunos hombres con sus bocas montadas en cabezas de perro al final de largos cuellos, porque Caribdis absorvía y vomitaba agua como un remolino, y se hubiera tragado todo el barco sin demasiada ceremonia. Luego de este cruel y dilemático contratiempo, el griego y los suyos pasaron llegaron a Trinacria, la Isla de Helios, el dios del sol, muy hambrientos, y sin hacer caso a las advertencias que les habían dado mucho antes, sacrificaron varias de las vacas consagradas a Helios y se las comieron. Al dios solar esto como que no le terminó de gustar, y fue a quejarse con el jefe y padre Zeus, quien esperó que Ulises y compañía se hicieran nuevamente a la mar, y les lanzó un rayo que les destrozó el barco (quien pudiera tirarles rayos tan fácil a los cuatreros.) El héroe fue el único sobreviviente del naufragio, y nadando o flotando, fue a parar a la isla de Ogigia, hogar de la ninfa calipso, quien lo retuvo ahí nueve años.

Luego de todo ese tiempo, la diosa Atenea recién recordó que Ulises existía y estaba en esa situación. Los dioses ordenaron a la Ninfa dejar ir a Ulises, y esta obedeció, no sin cierta tristeza. Ulises se armó una embarcación y se fue de Ogigia, pero Poseidón, aun un poquito enojado por la ceguera de su hijo Polifemo, provocó una tormenta que lo hizo naufragar de nuevo. Esta vez, la ayuda vino por parte de la nereida Leucótea, quien le ayudó a llegar a la patria de los feacios, a cuyo rey le contó las aventuras que había tenido.

Con la ayuda de la diosa Atenea, Ulises regresó a Itaca sin ser reconocido. Ya habían pasado veinte años desde su partida, y como era de esperarse, algunas cosas habían cambiado. Su esposa Penelope estaba siendo asediada por varios pretendientes, que querían casarse con ella porque ya todos pensaban que Ulises había muerto. Ulises se hizo pasar por mendigo, y constató los abusos que los pretendientes cometían en su casa, incluso en su propia persona, siento maltratado y humillado, pero se fue haciendo conocer por varios de sus antiguos sirvientes y hasta por su hijo Telemaco (a quien los Pretendientes habían intentado matar pero no pudieron gracias a Palas Atenea).

Circe

Aprovechando que Penelope (que no lo había reconocido) organizó un concurso de arco en el que había que usar el de su marido supuestamente muerto y en el cual el vencedor la desposaría,  lo ganó luego de que todos los Pretendientes fallaron, y ahí nomás se dio a conocer. Con la ayuda de Telemaco y de sirvientes que se le habían mantenido fieles, los mató a todos en medio de una espantosa carnicería, y luego fue a revelar su verdadera identidad a Penelope, que se resistía a creerle, hasta que Ulises comenzó a contarle varios detalles que solo él podía conocer. Mientras tanto, los familiares de los pretendientes se reunieron en asamblea pidiendo justicia por los suyos (les debía parecer bien que sus muertos hubieran estado años y años rompiéndole la paciencia a Penelope y los suyos) y marcharon armados a casa de Ulises, que los estaba esperando también armado, con los suyos. Se hubiera armado otra masacre, pero de nuevo intervino Atenea, quien pacificó a las dos partes, y mandó a Ulises a disfrutar de su casa y familia, y a los familiares de los Pretendientes, a llorar a la iglesia.

Mario Martin
Escritor, ensayista.
Trenque Lauquen, Argentina.

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Escritor, ensayista. Trenque Lauquen, Argentina.

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